JOSÉ MIGUEL CARRERA: UN HÉROE PARA EL SIGLO
XXI
CARRERA PERIODISTA Y ESCRITOR
CARRERA: SU ACTUACION EDUCACIONAL
En los albores del siglo XXI, y, a medida que se acerca la fecha de la celebración de los 200 años de la independencia de Chile, los personajes de la revolución emancipadora comienzan a destacarse con mayor limpidez, y sus actos se ofrecen a la luz del día con todo el brillo que les corresponde. Al apreciar de esta manera la historia patria podremos entender que la gesta independentista fue obra no de un solo hombre, sino preparada y realizada por una cadena sucesiva de hechos e individuos que fueron, en mayor o menor medida, directa o indirectamente, sus protagonistas. Son estos personajes los que desahucian el régimen colonial y adoptan el sistema democrático; son éstos los que cambian la monarquía por la república; el monopolio comercial por la libertad de comercio. Pero la sociedad distó mucho de cambiar; inicialmente las instituciones que reemplazaron a las anteriores no modificaron su tradicional visión de las cosas.
Debieron pasar muchos años para que las tradiciones fueran reemplazadas, como en su momento las instituciones por otras tradiciones. En el fondo de nuestra sociedad subyacen principios arraigados desde los inicios de nuestra nacionalidad y es muy difícil terminar con ellos sin producir una revolución o un golpe de poder, ya para mantenerlas ya para recobrarlas; ya para imponerlas ya para crearlas.
En este contexto, la mayoría de los líderes políticos
y revolucionarios en la época de la independencia de Chile, desarrollaron
sus ideas en el campo de la acción pública, mas que en el de
la palabra escrita. Es por eso que, para entender la gesta emancipadora de
nuestro país y la herencia que dejaron para las futuras generaciones
de chilenos, debemos estudiar la historia no de pluma de sus propios autores,
sino, la mayoría de las veces, de mano de sus contemporáneos,
y todas de las veces, por obra de los historiadores. Carrera no escapa a esta
excepción. Es un hombre de acción y su pensamiento político
se aprecia en las instituciones que fundó, en las resoluciones que
tomó, en las leyes que promulgó, en las iniciativas que llevó
a cabo, en las acciones que emprendió y en las batallas que participó.
Jorge Carmona Yañez nos dice respecto de Carrera que sus defectos en medio de la exuberancia de sus virtudes, quedan en la penumbra casi invisible.
¡Su gran pecado: la ambición! En definitiva ¿Qué es la ambición? Prácticamente es la fuerza que se despliega para obtener lo que deseamos. Se ambicionan los honores, el poder, las riquezas, el placer, el peligro, la paz, la felicidad. Lo que hay que juzgar, entonces, no es la ambición fuerza en sí misma, sino la ambición como medio para el logro de un objetivo: ¿Qué se ambiciona? ¿Para qué?
Carrera ambicionó el poder para dar independencia y libertad a su patria y por ella sacrificó dicha, placeres y riquezas. Ese es el mayor legado que dejó a las futuras generaciones y que hoy en día, en este nuevo siglo que se inicia, sigue siendo un pilar fundamental en el pensamiento político de la tribuna pública de todo aquel que aspire acceder al poder: que la libertad y el amor a la patria siguen y seguirán siendo el motor que mueve a los individuos, insertos en una comunidad determinada, cualquiera sea el tamaño de ésta, cualquiera sea el lugar en que radique, cualquiera sean las leyes que la gobiernen, cualquiera que sea el momento en que rijan.
Pero, a diferencia que la mayoría de los que participaron en la gesta emancipadora, Carrera se distinguió, entre otras muchas cosas, por las siguientes características:
1º Carrera fue un lider indiscutido de la juventud de su época. Carrera fue en Chile algo así como un ídolo popular, que se granjeaba las más sinceras simpatías por su carácter espontáneo y generoso; al que le agregaba, lo que Encina describe como la personalidad del típico "pícaro español". En carta que recibió de sus amigos de Estados Unidos lo llaman "el campeón de la libertades" en América del Sur. A tal punto que en un comunicado oficial del Cónsul de Estados Unidos en Buenos Aires, John Forbes, al Secretario de Estado y futuro Presidente de la Unión, John Quincy Adams, y que forma parte de los Américan State Papers, señala lo que sigue: "Entre los importantes acontecimientos que han ocurrido en este lado de los Andes, no debo omitir el de la total destrucción de las fuerzas de José Miguel Carrera y la ejecución pública de este hombre extraordinario. Murió con el más heroico espíritu pidiendo por único favor a sus vencedores el ser sepultado en la misma tumba que sus dos hermanos". En verdad una noticia que trascendió las fronteras de la América del Sur; algo así como si la hubiera cubierto la CNN.
2º Carrera ambicionaba la grandeza para Chile. De tal manera, don José Miguel se procuró siempre las mejores condiciones para el futuro de nuestro país; pensó en la educación de los niños, elaborando un extenso plan de educación. Además la libertad de prensa era, para él, tan importante como la libertad de comercio, puesto que un individuo informado puede acceder a mejores condiciones que aquél que las ignora; un ciudadano culto es un ciudadano libre. Esto se puede apreciar también cuando viaja desde Estados Unidos con su Escuadra Restauradora: no sólo trae pertrechos de guerra, junto con Carrera vienen profesores, industriales y una nueva imprenta.
3º Carrera miraba al dominio del mar como algo fundamental en el desarrollo de Chile como potencia. Chile debía dominar el Océano Pacífico. Así, en un anexo reservado, adjunto a una carta a O'Higgins de 15 de marzo de 1817, Carrera señala: "La expedición marítima que ha venido a mi mando es una consecuencia de estos principios (apoyo de Estados Unidos a la independencia sudamericana) y de la opinión de aquel Presidente (Madison) que, sin dominar el Pacífico, no será fácil vencer los obstáculos que se oponen a la insurrección de Lima."
4º Carrera luchó por la participación ciudadana y consagró por primera vez en una constitución chilena los derechos y garantías individuales.
Aunque se le criticó que eran argumentos retóricos que sólo justificaron sus asonadas militares, Carrera mantuvo durante toda su vida pública, tanto en Chile como en Argentina, una constante: el pueblo es y debe ser libre para ejercer sus derechos soberanos. Además en la Constitución de 1812 consagra los derechos y garantías individuales de toda persona, como criterio inclaudicable, a tal punto que cualquier chileno podía acusar a sus gobernantes de actuar en contra de los grandes criterios de la nación.
5º Carrera fue el verdadero precursor de la idea de libertad política en Chile. Si bien es cierto que autores como Lastarria, Bilbao y otros son considerados los padres del liberalismo chileno, en verdad, Carrera se presenta como el verdadero precursor de la idea de libertad. En Carrera, dice Reyno, hay una idea matriz que no lo abandona jamás y es el norte de sus actuaciones: la libertad e independencia de Chile sin sujetarse a ningún poder extranjero y en este caso es el precursor del gran estadista que fue don Diego Portales. Si bien es cierto que para Carrera la amenaza estaba en el este, para el segundo venía del norte y ambos fueron intransigentes para asegurar por todos los medios a su alcance este grandioso objetivo.
6º Carrera también es el precursor de la Unión Americana. Pero una unión entre estados soberanos. Es, en parte, la propuesta que le entrega al propio Simón Bolívar, en una carta enviada en 1816, por intermedio de un pariente de Carrera, el famoso religioso chileno Cortés Madariaga, que fuera precursor de la independencia en Venezuela. En aquella época Bolívar todavía no iniciaba sus grandes campañas que lo llevarían a la posteridad, ni soñaba aún con una América unida.
7º Carrera amó a Chile más que a su propia vida. Ambrosio Valdés, biógrafo de Carrera, nos dice: "Carrera fue noble, generoso, valiente, abnegado, desinteresado patriota hasta el sacrificio". Todo esto nos demuestra que Carrera, como caudillo popular es y seguirá siendo célebre y recordado por generaciones por el amor a su patria.
Respecto de la conducta pública de José Miguel Carrera, podemos decir lo siguiente:
1º Carrera apareció en un momento clave para la revolución:
el gobierno era manejado por criollos que pertenecían a la más
distinguida clase de la sociedad, pero sin ninguna iniciativa, y enemigos
en todo caso de cualquier medida que encontrara oposición en las autoridades
de Lima.
2º Carrera fue el único que, por su prestigio personal, por sus relaciones sociales, y por la audacia que le caracterizaba, se halló en condiciones de formar un ejército y de cerrar el paso a los soldados del virrey del Perú. Se necesitaba de un militar aguerrido, como don José Miguel Carrera, para reclutar tropas en las clases populares, que más tarde debería despreciar la vida y derramar la sangre en los campos de batalla, para disciplinarlas y para llevarlas a desafiar el fuego enemigo. Estimulados por este noble ejemplo, los jóvenes de la 1ª sociedad no vacilaron en marchar bajo sus órdenes en los días de peligro.
3º Ningún otro que Carrera habría podido realizar el milagro del patriotismo. El enseñó al pueblo, en la escuela práctica de los combates en qué consistía la causa nacional, y cuál era el deber supremo de los hijos de esta tierra; y él arrancó a los jóvenes nobles de sus hogares de Santiago, para que le acompañaran a defender los derechos de la patria.
4º Sin don José Miguel Carrera la independencia de Chile se habría retardado, a lo menos, un decenio más.
Esta es su gloria; y éste, el gran mérito, que está obligada la posteridad a reconocerle. Un juez muy imparcial y muy competente lo ha declarado así: "En estos peligrosos instantes (la invasión de Pareja), escribía Camilo Henríquez, en 1815, al director Alvear, del Río de la Plata, la única fuerza con que podía contenerse esta invasión era la que residía en la capital, formada por los ciudadanos Carreras, contra el gusto del pueblo, que la juzgaba innecesaria y peligrosa. Sin esta pequeña fuerza, el enemigo no hubiera hallado la menor oposición".
Como podemos apreciar, la figura de don José Miguel Carrera, príncipe de los caminos, heredero de las más ricas tradiciones de sus antepasados, dueño de una fulgurosa figura, tocado con la diadema del genio; aspira a convertirse en el héroe del siglo XXI, que las mujeres y hombres de Chile han sabido conservar a través del tiempo, no sólo en su memoria, sino en su corazón. El siglo XXI será testigo de una gran celebración, la de los 200 años de vida independiente de nuestro querido Chile; sea este también el justo momento de reconocer la valentía a toda prueba y el amor a la Patria que nos heredó don José Miguel y que perdura como una llama inmortal en todos los hijos de esta tierra.
Para concluir recordemos las palabras del propio Carrera respecto de su conducta pública que publicara en su "Manifiesto a los Pueblos de Chile", fechado en Montevideo en marzo 4 de 1818: "Yo recuerdo con satisfacción mi conducta pública, y si es lícito al hombre honrado descansar sobre el testimonio de su conciencia y escuchar la voz de sus sentimientos, puedo asegurar a la faz de todos los pueblos, que hice por la libertad y felicidad de mi patria, cuanto estuvo en el poder mis facultades. Muchas veces expuse mi vida en su defensa, y si al fin sucumbió bajo la cuchilla de los tiranos por un efecto fatal de nuestras divisiones intestinas, no por eso cesaron las solicitudes de mi patrocinio para arrancarla de tan funesta esclavitud a precio de sacrificios, de riesgos, de fatigas, que si hoy sirven de motivo a la persecución de mis enemigos, serán con el tiempo mis mejores títulos al reconocimiento de la posteridad imparcial."
Gral. José Miguel Carrera
Es propio de los pueblos bien nacidos recordar a sus héroes; es propio también celebrar sus hazañas para servir de ejemplo a las generaciones venideras.
Sus ilustres antepasados estuvieron combatiendo en nuestro suelo desde 1639, luego que su tatarabuelo Ignacio de la Carrera Iturgoyen fuese nombrado General en Jefe del Ejército y Gobernador de la frontera. Esta brillante tradición militar se continuó hasta José Miguel y su nieto Ignacio Carrera, héroe de la Concepción.
No es extraño, por lo tanto, que don José Miguel, a los 25 años, ya hubiese participado, en forma destacada, en las campañas napoleónicas de la península hispana y hubiese alcanzado, en tres años, el grado de Mayor de Húsares de Galicia; más abandona este brillante porvenir para volver a su patria y participar en la independencia.
Pronto estuvo a la cabeza de la Junta de gobierno y se suceden, una a una las obras que demuestran su visión de estadista; la creación de la Bandera, Escudo y Escarapela símbolos de independencia, su ratificación en la Constitución de 1812, y lo más importante para la difusión de sus ideas fue la importación de una imprenta desde Estados Unidos.
El 24 de noviembre de 1811, llega a Valparaíso la fragata Galloway, trayendo en sus bodegas una imprenta, por la cual la Tesorería pagó 6.000 pesos, los que fueron enviados al comerciante Juan Roberto Livingstone directamente a New York. Su socio Mateo Arnaldo Hoevel se hizo cargo de la conducción de ésta a Santiago, donde se la instaló en un departamento de la Universidad de San Felipe.
La organización de la imprenta quedó establecida en el Decreto del 1º de Febrero de 1812, que establece sueldos y remuneraciones del personal y otro del 16 de Enero de 1812 que nombra Director a Camilo Henríquez, saliendo a luz el primer número del periódico “La Aurora de Chile” el 13 de Febrero de ese mismo año.
Luego llegaron otros amigos a ayudarle y se montó la imprenta que recibió el nombre de Imprenta Federal de Williams P. Griswold y John Sharpe.
En ella se publicaron los periódicos “El Hurón” y “La Gaceta del pueblo del Río de la Plata” y además los numerosos escritos y manifiestos con que se defendía y apoyaba el movimiento federal que luego triunfaría en la República Argentina.
Se cuenta que le ayudaba el general Alvear, vehemente un tanto atolondrado, quien cargaba demasiado la mano, haciendo borrones en los tipos y si le reprochaban contestaba: "mientras más negra mejor, así pasará intacta a la posteridad “ y tenía razón, decía Vicuña Mackenna, que estaban tan frescas como si acabase de salir de la imprenta. Luego Carrera debe huir a Entre Ríos y en Gualeguaychú instala nuevamente su imprenta desde donde escribe sus famosas “cartas a sus compatriotas de Chile”; la pluma de Carrera, única arma de que dispone, llega hasta el fondo de los acontecimientos y logra encender la guerra contra el gobierno de Buenos Aires; sus adversarios tiemblan ante esa audacia y esa inteligencia con que manifiesta que la pluma y la espada se complementan como armas de combate.
Muy largo sería enumerar toda su obra, por lo demás, don José Toribio Medina en su bibliografía de don José Miguel Carrera hace un exhaustivo estudio de ella, así como también don Guillermo Feliú Cruz lo complementa expresando “Carrera poseía dos grandes facultades, la de la palabra hablada, y el de la palabra escrita, que en su pluma vibrada con magníficos efectos”.
Este bello estilo no fue evidentemente fruto de una disciplina juvenil, sino más bien se ve la revolución de él a través de los años; su prosa se va afinando hasta alcanzar, según Feliú Cruz, en el Diario Militar, un personalísimo carácter y elegancia fácil y esmerada, lo que lo convierte no sólo en documento histórico sino también literario. Falta en ambos estudios la mención del Diario del General Carrera en Estados Unidos desde noviembre de 1815 hasta octubre de 1816, de indudable importancia para los amantes de la historia.
Con todo este importante bagaje de escritos, Carrera nos señala un camino que nadie antes que él había usado en América para conseguir sus propósitos: luchar a través de la pluma.
Esto demuestra la gran importancia que don José Miguel concedió a la prensa y que corroboró posteriormente durante su exilio; en su viaje a Estados Unidos en 1815, visitó numerosas imprentas y diarios para imponerse de su funcionamiento y se mantuvo en parte con sus traducciones y colaboraciones para los periódicos norteamericanos.
El gran historiador José Toribio Medina comparte la opinión de Vicuña Mackenna sobre las producciones literarias de nuestro héroe: “Nada hay más bello en nuestros anales militares que las proclamas que el joven Carrera dirigió a sus soldados ni más animado que sus comunicaciones al Gobierno, ni nada más arrogante que las contestaciones al enemigo, ni nada, más elocuente que su despedida al ejército, rogando a sus soldados que presentaran obediencia al rival que lo reemplazaba.
Todos estos artículos que llevan su firma, en el sucesor de la Aurora, que fue “El Monitor Araucano”, forman el alma de este periódico que comprendió la marcha de nuestra revolución.
Unía a su fogoso entusiasmo una cualidad rara en los escritores de su tiempo, la de la paciencia y minuciosidad para consultar datos; resalta este carácter en las páginas de su Diario Militar, que es sin disputa la pieza histórica más curiosa que se conserva en nuestro país. El mismo cuidado y puntualidad se observa en su numerosísima correspondencia pública y particular donde su bella y limpia manera de escribir se ostenta sin borrones ni rayado y con esmerada puntuación.
Cuando Carrera llegó a Buenos Aires de vuelta de Estados Unidos en 1817, traía una pequeña imprenta, que le fue confiscada por Pueyrredón, junto con sus barcos. Huyó entonces a Uruguay donde el General Lecor le concedió generosos asilo, y desde allí trato de refutar las calumnias que se le hacían y para esto logró que le trajesen su imprenta que había servido hasta el momento para estampar naipes y se procuró dos cajones de letras, más como no sabía usarla, estudió en una enciclopedia inglesa la teoría de imprimir, hizo construir algunos útiles y alquiló en una lencería seis docenas de platos para distribuir las letras.
Según su amigo Diego José Benavente “distribuyó los tipos en platos de loza, en el suelo de su cuarto, en orden alfabético, figúrense las idas y venidas para componer una palabra”.
Por esto Carrera debe considerarse como el primer periodista y escritor de la independencia, reconocido como tal por los más brillantes historiadores, pero no así por la opinión pública y los literatos. En el próximo mes se dará a luz el tercer tomo del Archivo Carrera en que estarían recopilados gran parte de estos valiosos manuscritos y esperamos que esta sea la señal para que nuestro héroe aparezca ante las Naciones en una nueva faceta, como el brillante militar con su espada al cinto, pues su mano empuña un arma más poderosa aún: la que le ha hecho triunfar, la que le dará la gloria inmortal: La Pluma.
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Gral. José Miguel Carrera
Hablar de José Miguel Carrera es referirnos a una de las personas más importantes y multifacéticas de nuestro país, figura esencial en nuestra historia patria. Mucho se ha escrito sobre su rol como militar, como estratega. Se ha estudiado su vida personal y sobre todo sus acciones militares. En esta ocasión, sin embargo, en que se nos ha permitido referirnos a Don José Miguel Carrera Verdugo, queremos resaltar un aspecto que, al parecer, no ha sido suficientemente destacado, se trata de su preocupación por la educación. Habitualmente se le refiere a la creación del Instituto Nacional, sin embargo, Don José Miguel Carrera expresa su preocupación por la enseñanza de las mujeres, a quienes amablemente se refería como “bello sexo” o “sexo amable”. En efecto el 21 de Agosto de 1812, decreta un primer reglamento sobre la educación de la mujer, en este documento expresa, entre otras cosas “La indiferencia con que miró el antiguo Gobierno la Educación del “bello sexo”, si no pudo ser un resultado del sistema represivo, es el comprobante menos equívoco de la degradación con que era considerado el americano: parecerá una paradoja que en este mundo culto de la capital de Chile, poblada de más de cincuenta mil habitantes, no haya aún conocido la existencia de una escuela de mujeres; acaso podría creerse en una comprobación de Gobiernos anteriores que pensaban que el Americano no era susceptible de enseñanza, y agrega Don José Miguel Carrera pero ya es preciso establecer cambios, y sobre todo dar ejercicio a los claros talentos del “sexo amable”, y para verificarlo, el Gobierno ordena que a ejemplo de lo que se ha hecho en los conventos de regulares, se destine en cada monasterio en su patio de fuera un lugar para ofrecer la enseñanza de niñas que deben aprender los principios de la religión, a leer, escribir y los demás menesteres de una matrona, a cuyo estado debe prepararlas la patria; para ello el ayuntamiento deberá aplicar de sus fondos los salarios de maestras que bajo la dirección y clausura de cada monasterio sean capaces de llenar tan loable como indispensable objeto.
Y es curioso, recordar en estos días, otra preocupación importante de José Miguel Carrera, por el mejoramiento económico y social de los docentes, el 30 de Diciembre de 1812, oficia lo siguiente; “no es menos extraño que, conocido el mérito de esta penosa ocupación (de enseñar), no se le dé todo el aprecio que merece o más honor o utilidad... esta chocante contradicción, a inutilizado infinitos genios, que han honrado a la Patria y han sido proficuos a la humanidad, si el empleo del tiempo en educar niños y prepararlos para las ciencias y profesiones útiles tuviese en el concepto de las gentes la misma o mas alta estimación que otras profesiones, antes que distinciones o comodidades a otros servicios”.
Y otro hecho que ordena en Noviembre de 1812, es la impresión de mil cartillas y mil cartones para distribuir en las escuelas, a los niños de más necesidades.
Como puede apreciarse, Carrera propuso iniciativas de gran avance en la educación chilena, sin embargo muchas fueron frenadas son las armas durante la reconquista Española.
Finalmente la preocupación de Carrera por la educación se refleja en un hecho, tal vez muy familiar, se trata de la traducción que hizo del inglés de un tratado de educación infantil, y que envió a su esposa con estas palabras “es el único obsequio que por primera vez he hecho a mis hijas”; ¡Triste recurso! ¡Qué buen obsequio! ¡Qué buena preocupación! Quedémonos, pues, con esta nueva faceta de este hombre cubierto de glorias guerreras, pero con una preocupación profunda por un tema que hoy es preocupación primordial de todo Chile.
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Gral. José Miguel Carrera
Aprovechando las sombras de la noche, fueron traídos a Mendoza, desde una chacra cercana, los prisioneros tomados en Punta del Médano. Al General Carrera lo llevaban de tiro en un caballo sobre el cual iba sentado, pues la pesada barra de grillos que le habían remachado en los tobillos le impedía montar a horcajadas. Lo rodeaba un piquete de caballería. No obstante, la hora, una muchedumbre silenciosa se agolpaba detrás de las filas de la tropa para ver pasar al famoso y temible montonero. El gobernador, Tomás Godoy Cruz, en su despacho, rodeado de un Consejo Consultivo esperaba a la comitiva. En él penetró Carrera, quien sostenía con un pañuelo el peso de los grillos. Aunque venía cubierto de polvo, su continente firme y su porte distinguido impresionaron a las autoridades cuyanas. Con las primeras frases que intercambiaron y que fueron extremadamente corteses, ambos, gobernador y caudillo, se situaron en sus posiciones, pues mientras el primero le ofreció la oportunidad de reivindicarse delante de sus jueces, Carrera advirtió inmediatamente su extrañeza de que se hablara de “causa” y de “justicia” siendo él prisionero de guerra. Luego, a instancias del gobernador, con su precisión y elocuencia que le eran habituales, Carrera hizo una relación sucinta de los hechos ocurridos desde el desastre de Rancagua hasta el momento presente en que se encontraba ante ellos prisionero. Como al finalizar su exposición, preguntara cuál sería su suerte, el gobernador le contestó que ello lo decidiría el tribunal con justicia, según los cargos y los descargos que habría de invocar.
Los consejeros de Godoy Cruz resolvieron someter la causa de Carrera a un Consejo de Guerra, el que, reunido esa misma madrugada, eligió fiscal, escribano y vocales, requiriendo de los prisioneros la designación de abogados defensores, lo que aquellos hicieron; pero como las personas designadas se excusaron, Carrera, siempre altanero, pidió que no se molestasen en buscar sustitutos porque no habría de preocuparse de abogados ni de defensa alguna.
El Consejo de Guerra condenó a Carrera y a Benavente a la pena de fusilamiento; y notificada la sentencia, los presos fueron puestos en capilla, luego de ser advertidos que la ejecución se llevaría al cabo de las once de la mañana siguiente.
Aquella misma noche se realizaba en la casa particular de Godoy Cruz una recepción dedicada a los triunfadores de Punta de Médano. Al promediar la fiesta, le fue anunciando al comandante Manuel Olazábal, segundo jefe de las fuerzas, una visita, la que, al ser recibida, se arrojó a sus pies implorando que intercediera ante el gobernador a favor del coronel Benavente. Impresionado, Olazábal, con una generosidad que la posteridad le reconoce, puso tanto empeño para convencer a Godoy Cruz, que éste prometió el indulto.
Al día siguiente, temprano, el comandante Olazábal llegó a la cárcel con la buena nueva y penetró en el calabozo donde Carrera y Benavente esperaban el instante de la muerte. El caudillo chileno permanecía sentado en un catre de campaña, con las piernas estiradas presas de los grillos. Un poncho cubría sus espaldas, y con la tranquilidad de un justo, o de un héroe, se ocupaba en comerse una sandía.
Bastaron los escasos minutos que pasó Olazábal con Carrera para rendirse ante la simpatía que éste irradiaba. Fascinado por su elocuencia y su valor, el caballeresco oficial argentino le prometió poner en juego sus esfuerzos para salvarlo a él también.
- Señor Olazábal, le contestó Carrera, no se comprometa usted por mí; el único pesar que me atormentaba al ir a morir, era la suerte de mi amigo Benavente. Pero ahora que se ha salvado, usted me verá salir al patíbulo con la misma serenidad que estoy en este momento.
Salió entonces Olazábal, y al galope de un caballo partió hacia la residencia de su jefe, el general Gutiérrez.
La intervención del comandante Olazábal en favor de Carrera es por demás noble y simpática. En el oficial argentino no contará para nada la circunstancia, ocasional, de haber combatido al montonero; sólo tomará en cuenta que éste era chileno y que él y los chilenos se habían cubierto en Chacabuco y Maipú de una gloria que les era común y que nada podría ya borrar.
En la vida de Carrera aparecen tres militares argentinos amigos. Su eterna desventura no le privó, sin embargo, de aquel patrimonio inapreciable que concede la vida en la persona de una amigo. Estos tres argentinos fueron Carlos María de Alvear, Manuel A. Pueyrredón y Manuel Olazábal. Estos, aristócratas por su cuna y su refinada cultura hallaron en Carrera a un igual; y los tres se jugaron por él cuando llegó la oportunidad de hacerlo. Alvear, desde el poder, como ya lo tenemos visto, protegiéndolo; Pueyrredón, en las guerras civiles, trocándose de prisionero en adicto; y ahora Olazábal, en el instante supremo, arriesgando su reputación y tal vez su carrera por salvarlo de la muerte.
Olazábal, como hemos dicho, había corrido en busca de su jefe, el general Gutiérrez, y los dos –es grato dejar también la constancia de su colaboración- entrevistaron al gobernador y defendieron la causa de Carrera con tanto calor que lograron cabalgadura, portador de esta grata nueva que oyó Carrera radiante de gratitud.
Este ya tenía escrita, aunque sin terminarla, una carta de despedida para su mujer. Decía así:
“Sótano de Mendoza, septiembre 4 de 1821, 9 de la mañana”.
Mi adorada, pero muy desgraciada Mercedes: Un accidente inesperado y un conjunto de desgraciadas circunstancias me han traído a esta situación triste. Ten resignación para escuchar que moriré hoy a las once. Sí, mi querida, moriré con el sólo pesar de dejarte abandonada con nuestros cinco hijos en país extraño, sin amigos, sin relaciones, sin recursos. Más puede la providencia que los hombres...”
Aquí se interrumpía la carta; pero cuando llegó Olazábal, le agregó este párrafo, que refleja una esperanza:
“No sé por qué causa se me aparece como un ángel tutelador el oficial Olazábal con la noticia de que somos indultados, y vamos a salir en libertad con mi buen amigo Benavente y el viejito Alvarez que nos acompaña...”
Pero a todo esto iban llegando las columnas de tropas a la plaza, y al redoble de los tambores formaban con sus filas un gran cuadro frente a la Cárcel Pública; y a poco se asomó al calabozo el cura, a fin de ofrecer a los reos el consuelo de la religión; y un rato después apareció el sargento mayor de la plaza, Corvalán, para prevenir a los presentes que se retiraran por que iban a sacar a Carrera, Olazábal, lleno de espanto y de indignación –él mismo nos lo dice-, ordenó la suspensión del acto y volvió a caballo a casa del gobernador. Pero esta vez nada pudieron sus ruegos; un nuevo elemento de juicio le había hecho volver al funcionario sobre sus pasos; así cuando llegó el mayor Corvalán a decir que Carrera se negaba a salir del calabozo, a menos que lo sacasen arrastrando, mientras no fuese Olazábal a decírselo, éste, sin poder reprimir su cólera y su decepción, sólo pudo articular:
-¡Vaya usted y diga al señor Carrera que el gobernador, faltando miserablemente a su palabra, ha dado contra orden y que no tengo la fuerza suficiente para ir a verlo; que se resigne con su fatal destino y que lleve la convicción que he hecho por él cuanto he podido!
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Gral. José Miguel Carrera
